En el corazón de Pomaire —tierra de greda, manos curtidas y hornos encendidos— se celebró la Primera Bienal de las Artes y Oficios del Fuego, un encuentro que reunió a más de 60 artesanos y artistas de todo Chile, desde Arica hasta Valdivia, incluyendo representantes de Rapa Nui.
El evento fue realizado en el Taller Barros y financiado por el Fondo Nacional de Desarrollo Cultural y las Artes, convocatoria 2025, consolidándose como un espacio de aprendizaje, creación y comunidad.
Durante tres días, el calor del fuego no solo moldeó materiales, sino también vínculos humanos. Los talleres se transformaron en verdaderos espacios de diálogo entre generaciones y territorios, donde cada técnica reveló una historia distinta, pero unida por la misma llama: la del arte como expresión viva del oficio.

Pomaire es mucho más que un pueblo alfarero. Es un símbolo del saber popular chileno, un taller a cielo abierto donde la tierra, el agua y el fuego se entrelazan desde tiempos coloniales. Su gente mantiene viva una herencia que ha pasado de abuelos a nietos, resistiendo la homogeneización y recordando que la cultura se forja con las manos.

Por eso, este lugar fue el escenario natural para una bienal que buscó revalorizar los oficios que dialogan con el fuego —un elemento que transforma, purifica y da forma a la materia, como también a la identidad de quienes lo trabajan.

Cada taller fue una puerta abierta a la historia y evolución de las artes del fuego en Chile:

Las artes del fuego en Chile reúnen un abanico de saberes que cruzan generaciones, territorios y materiales. En la bienal, los participantes exploraron técnicas como la vitrofusión, con raíces europeas adaptadas al contexto chileno desde los años 80, donde el vidrio se funde a altas temperaturas hasta volverse luz y color; el repujado en aluminio, que a través del relieve y el grabado manual otorga textura y expresión al metal, integrando motivos tradicionales con diseños contemporáneos; el milenario arte del vitral, donde la transparencia se convierte en lenguaje emocional y territorial; y la orfebrería en cacho y plata, un oficio que une lo ancestral y lo moderno mediante materiales nobles y sostenibles, testimonio del respeto por los recursos naturales. Todas estas técnicas, distintas en su origen pero unidas por el fuego, revelan una misma esencia: el diálogo entre materia, oficio y cultura, donde cada creación es una chispa de historia que sigue encendida.

En tiempos donde lo inmediato domina, el oficio artesanal recuerda la importancia de la lentitud, la práctica y la memoria.
Los oficios del fuego nos enseñan que crear es resistir, que moldear es cuidar, y que cada objeto hecho a mano es una huella cultural, una extensión del territorio y su gente.
Este encuentro en Pomaire no fue solo una celebración, sino también una declaración: la cultura se preserva cuando se comparte, se enseña y se transforma.
Las manos que trabajan el fuego no solo dan forma al barro, al vidrio o al metal; también dan forma a la identidad de un país.

Revisa las imágenes del encuentro y el video resumen en nuestras redes sociales.
El fuego sigue encendido.
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